El Descamisado
       

Puerto Madero, metáfora de un progresismo extraño.

Menem lo hizo

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Por Maristella Svampa

Siete intendentes y jefes de Gobierno pasaron desde la era de los Carlos –Grosso y Menem–, cuando comenzó a ejecutarse el megaproyecto Puerto Madero, la mayor reconversión urbanística de Buenos Aires en años democráticos. El modelo de transformación iniciado en 1989 permanece casi intacto, junto a la reivindicación del proyecto que hizo la Presidenta y al desembarco kirchnerista en oficinas propias. Lo que queda en pie es algo así como una promesa, una ilusión: todos pueden ejercer el derecho de uso y disfrute de Puerto Madero. Aunque sea media horita.

Hace un par de semanas, al hablar del proyecto del tren bala, la presidenta hizo una enérgica reivindicación de Puerto Madero en nombre del autodenominado “pensamiento progresista”. Quien haya escuchado el discurso debe haber quedado estupefacto, tanto por la reivindicación en sí misma como por el tipo de argumentación desarrollada, en la cual no faltaron ni las alusiones críticas al “pensamiento conservador” ni la puesta de distancia con los años 90.

Entre tantas inauguraciones y nuevos proyectos faraónicos, la cuestión pasó bastante inadvertida. Pero frente a estas afirmaciones resulta legítimo plantear ciertas dudas y preguntarse acerca del sentido más profundo de tal reivindicación: ¿Cuáles son los nuevos sentidos, si los hay, que tomó Puerto Madero para que ahora sea incluido de manera enfática en el acervo patrimonial del progresismo? ¿O acaso Puerto Madero no era un símbolo del menemismo? ¿Y que sucede si efectivamente es un símbolo del progresismo, pero no en el sentido evocado por la Presidenta? En laslíneas que siguen, propongo un recorrido abreviado por la “historia portátil” así como por la cartografía dura de Puerto Madero, como para intentar desentrañar alguna conclusión de este ambiguo juego de referencias.

Cualquiera que hoy recorra el área de Puerto Madero quedará sin duda boquiabierto frente a la expansión inmobiliaria de los últimos años, que hicieron del barrio la zona más “selecta” de Buenos Aires. Así, la proliferación de oficinas y hoteles de lujo, las altas torres con vista al río y los edificios de “primera categoría” que se van sumando día tras día, parecen decirnos que, pese a las controversias que desató el proyecto, el sueño menemista se cumplió con creces. El carácter elitista del barrio es tal que, más allá de su vecindad con la zona céntrica, Puerto Madero es sin duda otra ciudad, cuyo parentesco con los countries y barrios cerrados, símbolo de la privatización y de la autosegregación espacial, resulta innegable.

UN PUERTO MUY LEJANO. Puerto Madero nació como un proyecto controversial desde fines del siglo XIX. Con el paso del tiempo terminó convirtiéndose en una de las zonas más degradadas de una capital portuaria paradojal. Su balneario municipal fue un paseo obligado de los porteños desde 1918. Pero Buenos Aires terminó dándole la espalda al río.

Hubo varios proyectos de hacer avanzar la ciudad hacia el río, incluso uno del famoso arquitecto Le Corbusier. Pero, en sintonía con otros procesos de renovación portuaria (Barcelona, Sydney), no sería sino en los 90 y bajo la gestión de Menem que la transformación se llevaría a cabo. En 1989 el Ministerio de Obras y Servicios Públicos, el del Interior y la Municipalidad de la Ciudad de Buenos aires suscribieron el convenio que constituyó una sociedad anónima llamada Corporación Antiguo Puerto Madero. El área, que ocupa 170 hectáreas, quedó bajo la gestión integral de la corporación, cuyo directorio incluye entonces autoridades del gobierno nacional y de la ciudad capital.

Prontamente, con sus negocios oscuros y su voracidad privatizadora, Puerto Madero se convirtió en uno de los símbolos más acabados del menemismo. Al compás de una globalización excluyente que en clave urbana significó una redefinición drástica de las fronteras espaciales, se llevó a cabo uno de los más fabulosos negocios inmobiliarios del país, en donde las jurisdicciones superpuestas, las controversiales asignaciones de tierras y los conflictos entre capital privado y patrimonio público serían algo más que notas de color. Entre los conflictos más resonantes se destaca el que todavía mantienen la Corporación Antiguo Puerto Madero con la Universidad de Buenos Aires por la posesión del Campo de Deportes del Colegio Nacional de Buenos Aires, instalado desde 1914, y cuyo intento de privatización fue detenido gracias a la resistencia de la comunidad educativa.

Puerto Madero creció de manera vertiginosa –sólo en los primeros cinco años se reciclaron 400 mil metros cuadrados, y aparecieron los primeros restaurantes y oficinas comerciales sobre la Dársena Sur–, aunque durante la crisis de 2001-2002 debieron postergarse varias obras. Finalmente, el impulso y la fisonomía que tomó en los últimos años marcan de pleno su ingreso como sede privilegiada de las elites y como microciudad global, integrada al modo de producción dominante.

EXCLUSIVOS Y SEGUROS. Todo indica que Puerto Madero devendrá el lugar de residencia por excelencia de los sectores sociales de altos ingresos, complementando y, al mismo tiempo, desplazando en términos de “exclusividad” y “seguridad”, a los countries y barrios privados, hoy vapuleados por la sucesión de robos y crímenes realizados puertas adentro. A las oficinas y primeros locales comerciales se añade el desembarco de grandes empresas y firmas de lujo, uno de cuyos ejemplos es el proyectado emprendimiento de Madero Harbour, un centro comercial de más de 150 locales, destinado a un target ABC1, con sectores comerciales reservados para las marcas de primer nivel del mercado local e internacional; diez salas de cines, entre ellas dos salas VIP. Como explicaba sin ambigüedades el presidente de Newside Desarrollos Urbanos SA a un diario local, Madero Harbour “será un centro comercial de primerísimo nivel que cubrirá una demanda insatisfecha: se podrá venir a comprar no sólo en automóvil, sino también en lancha, barco y hasta helicóptero”. Este emprendimiento albergará también a la exclusivísima cadena árabe de hoteles Jumeirah, de siete estrellas, que hacia 2011 abrirá su primer hotel en América del Sur. Por su parte, el Faena Group no se ha quedado atrás, y ya anunció que para el año del bicentenario inaugurará un enorme centro cultural “con mayor superficie que el Louvre o el British Museum”.

En 2007, tanta muestra de grandilocuencia tuvo su broche de oro en el Tren del Este, que costó 250 millones de dólares. Sin embargo, el tranvía –producto de una donación del gobierno nacional– es un ramal turístico que no aporta en nada a los graves problemas de circulación de la capital, y sólo suma un elemento más de “distinción” a la microciudad global. Mientras tanto, el barrio continúa desvinculado del resto de la ciudad, algo que tampoco resolvería la discutida autopista ribereña, que plantea cavar una “trinchera” (¿la nueva zanja de Alsina?) entre las avenidas Huergo y Madero.

Así las cosas, uno podría afirmar que desde la jefatura de Ibarra hasta las no casuales oficinas del ex presidente Kirchner, Puerto Madero no presenta ruptura con el modelo inicial instalado por la dupla Grosso-Menem. En realidad, si nos acercamos un poco más, veremos que las continuidades coexisten con ciertas líneas de ruptura. Así sucede con la creación de espacios públicos, con sus calles peatonales, junto a los espejos de agua, sus monumentos, sus puentes y sus parques. Pero estos espacios de serena hipermodernidad vienen acompañados de datos curiosos, sumamente perturbadores: las calles llevan nombres de mujeres, varias de ellas luchadoras, como la socialista Alicia Moreau de Justo, la anarquista y feminista Virginia Bolten y la fundadora del movimiento de Madres de Plaza de Mayo, Azucena Villaflor, desaparecida bajo la última dictadura militar. El Parque Mujeres Argentinas, con su gran anfiteatro, y las barrancas artificiales del Parque Micaela Bastidas, precursora de la independencia americana, completan el nuevo panorama. Claro que no pocos sonreirán ante la ironía y pensarán en la poca satisfacción que sentirían estas mujeres si supieran que sus nombres hoy jalonan los lujosos edificios de un barrio donde el metro cuadrado cuesta aproximadamente 2.500 dólares…

Si sondeamos las fronteras con Costanera Sur, veremos también la Escuela de Bellas Artes De la Cárcova en creciente estado de abandono, a no ser por la pintoresca parrilla que hay debajo de sus árboles añosos. Por la misma calle llegamos hasta el conflictivo Casino flotante, donde desde hace unos meses y frente a la indiferencia oficial, la Prefectura viene golpeando y ensañándose de manera reiterada con los trabajadores que reclaman por ser incorporados. Así, la frontera lábil con una Costanera Sur populosa y su Reserva Ecológica indican que Puerto Madero es efectivamente otra ciudad, portadora de una configuración novedosa y hasta, podríamos decir, una tensión inquietante en su curiosa combinación de lo privado y lo público.

CUESTIÓN DE HIGIENE. Esta tensión fue bien captada por Raúl Castells, quien en 2006 abrió un comedor comunitario, muy cerca de la fragata-museo Sarmiento y del modernísimo Puente de la Mujer. Sin embargo, el puesto fue clausurado en julio de 2007 (el mismo mes en el que se inauguró el Tren del Este), por un diligente fiscal contravencional, alegando “incumplimiento en materia de seguridad, higiene y habilitación”. Casi sin solución de continuidad, Nina Pelozo, la mujer de Castells, fue catapultada a la pantalla del televisor, para bailar en un programa de variedades de alto rating. En fin, lo que resulta interesante no es tanto desentrañar que hay de genuino o de realmente impugnador en la sobreactuación de lo plebeyo que hace Castells, sino subrayar que el puesto de Puerto Madero le fue cedido por un empresario naviero, afín al kirchnerismo, dueño de varias propiedades en el área y también socio comercial del gobierno de Cuba.

Vamos entonces aproximándonos a lo que significa el actual “progresismo”, cuyas aparentes contradicciones, lejos de ser casuales, constituyen quizá su núcleo duro. Después de todo, el progresismo ha venido caracterizándose por sus ambigüedades, tensiones y dobles discursos, en un escenario en el cual se entrecruzan y yuxtaponen la consolidación de lo viejo con las aspiraciones de lo nuevo. En ese sentido, Puerto Madero aparece como una metáfora cabal de estas ambigüedades, minada de coexistencias no tan espurias.

La breve “historia portátil” termina aquí, justo donde comienza la cartografía dura. Para las elites el horizonte es claro: la recuperación económica confirmó que había vida después de la convertibilidad y que tanto el desarrollo de la conflictividad social como el retorno del consumo no se oponen en absoluto a la consolidación de las distancias sociales, y por ende, a la cristalización de las asimetrías. A esto hay que sumar que el consumo ostentatorio vuelve a derramarse hacia sectores de las clases medias, como lo refleja la proliferación de vehículos 4x4, o los cuatriciclos que asuelan las playas de la costa atlántica. Una muestra de que estos comportamientos exacerbados siguen siendo una marca ineludible de nuestra sociedad, y no sólo de la elite vernácula, hoy globalizada.

Todo parecería indicar que las elites en los tiempos del progresismo ya no se inclinarían exclusivamente por los marcos y dispositivos característicos de la década anterior (que en términos urbanos encarnan las urbanizaciones privadas, con su cierre excluyente y sus altos muros), sino a desarrollar formas más sutiles de segregación, y modalidades diferentes que implican una combinación sofisticada –aunque no explosiva–, entre apertura y cierre, entre inclusión y exclusión. En este escenario, la ciudad ayer despreciada vuelve a cobrar atractivo e importancia, una vez asumidas las fracturas sociales, aunque no necesariamente sus “correlatos”. Pues la irrupción plebeya que se registra desde fines de 2001 está lejos de ser naturalizada. De allí que el nuevo gobierno porteño, poco proclive a las ambigüedades y sutilezas del progresismo, desate su furia lineal contra los vendedores ambulantes, los cartoneros, los cuidacoches y todos aquellos que osen aventurarse en el espacio público, minado ahora de múltiples contravenciones.

La evolución y actual fisonomía de Puerto Madero constituye una metáfora del progresismo, que, lejos de apuntar a un futuro de “inclusión”, ilumina sus dobleces y advierte acerca de sus continuidades y limitaciones. El barrio expresa la contundente concentración de la riqueza, amplificada en los 90 y consolidada en estos últimos años, al tiempo que ofrece una cierta flexibilización de las fronteras, anteriormente rígidas, a través de la creación de algunos vasos comunicantes. Estos nuevos espacios públicos permiten entonces un cierto disfrute colectivo, al tiempo que habilitan una pacífica visión –esto es, una mirada “no contravencional”– de la riqueza. Con ello, lo que estaba absolutamente vedado en la década anterior, ahora deviene, en clave “progresista”, una suerte de promesa de cruce, de ilusión de contacto, que alimenta los entusiasmos de más de uno, pero que a ciencia cierta no afecta en nada a la matriz elitista fuertemente incrustada en la cartografía de nuestra sociedad.

Más info:
www.puertomadero.com
www.corporacionpuertomadero.com

a Crìtica de la Argentina - Edición Sabado 15 de marzo de 2008

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