El Descamisado

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Hay vida en la calle




Escrito por Silvana Melo   
Miércoles, 24 de Abril de 2013

(APe).- El colchón tiene de colchón sólo una gomaespuma poceada y dura. Se lo ata a la espalda en su normalidad nómade y de vez en cuando encuentra un resguardo. Que es ocasional. Nada más que ocasional. Y lo sabe, por eso no atesora cosas. Toda su historia entera, su vida vieja de medio siglo entra en una bolsa de frávega. Hoy tiró el colchón en la puerta del bar karaoke que suele funcionar los fines de semana. Está justo en la esquina de las dos avenidas, en Avellaneda: a la izquierda está la capital. A la derecha Lanús este. Sabe que tiene tres o cuatro días de tregua, si no aparece la bonaerense o los gendarmes o la camioneta municipal.

Debajo de la Autopista, por 9 de Julio, el sistema armó lofts para familias. La estadía puede durar una semana o un día. Según el humor de la jefatura de Gobierno y las estrategias que inventen para no permitir que los trashumantes instalen un sillón, un colchón de dos plazas, un changuito de wall mart, una pila de tronquitos y una olla marcada con lenguetazos negros. En Combate de los Pozos la vereda larga y angosta techada por la Autopista instaló una vecindad. A veces conviven con relativa armonía. Otras, la ausencia de una medianera y una puerta con llaves inicia el roce por el espacio, por la zapatilla que desapareció. O porque esta vez el alcohol se volcó como un baldazo en el ánimo; mucha era la angustia a anestesiar, demasiado el frío que no había que sentir.

Las posesiones del migrante son las del día. La ropa puesta, la que se seca en las ramas de un árbol, unos cigarrillos, una radio a pilas, un peluche sucio. Su intimidad es la de la intemperie. Vaciará los intestinos detrás de un biombo de cartón que se supo armar para preservarse. Hará el amor en el colchón de la vereda, si es que hay amor.  Será violento mientras lo miran los que pasan. Llorará delante del mundo.

La Palma. Suele estar muy sucio y no tiene alternativas. Con una gorra visera se lo vio en estos días (quién sabe dónde lo estará llevando la vida en este minuto) en las plazoletas centrales de la avenida Remedios de Escalada. Más específicamente, en una esquina, al borde de un pozo mal tapado con huellas de Edesur. Hace tres o cuatro días estaba sentado en su territorio elegido. Con cuatro ladrillos armó una cocina y el fueguito ardía todavía. El tenía las piernas estiradas y miraba atentamente dos veladores con pantallas que alguna vez fueron blancas. Sobre las maderas con las que Edesur aísla los restos del pozo, colgó una palma con gladiolos de rojo intenso, todavía frescos. Una cinta suelta sugería que hubo allí una dedicatoria. Era el día de Lanús y él se robó la ofrenda floral de quién sabe quién. Del intendente, el Rotary, el Ejército Argentino, la Policía de la Provincia. De las fuerzas vivas que dejan flores de muertos.

Por un día tuvo linda la casa.

Las Bolsas. Luis es corto de altura. Suele parar en la esquina de Díaz Vélez y Bulnes para acomodarse las bolsas. Se las ata a la cintura, cuidadosamente, una por una. Es que el cuerpo chiquito y medio viejo ya no le da para cargarse un hato pesado en la espalda. Ni para traccionar un carro que, además, no tiene. Le abulta la cara una barba muy tupida y asoma un color de piel marrón dorado, intenso. Tiene los ojos oscuros y mira arrugado, tanto que no se ve el blanco de los laterales. Y varios dientes cesanteados por la mala vida. Deja sus propiedades, escrituradas en el viento, guardadas en una caja de terrabusi. Que sea lo que dios quiera, dice cuando con las bolsas a la cintura, sale a juntar las sobras del mundo.

Si es que hay dios en alguna parte.

Escobas. Se llama Aquiles pero podría llamarse Ulises. El perro –cruza con labrador, dice- es negro de toda negritud. Y está atado con una tela roja al poste de alumbrado. Bobby, se llama el perro. Aquiles se instaló hace una semana en una esquina frente a una plazoleta en Lomas de Zamora. Un colchón, un par de frazadas, dos o tres cajas de cartón, un changuito de supermercado, una escoba y un rastrillo. Su patrimonio parece ser importante. Hasta una radio tiene. A la silla se la llevaron cuando el mecánico de enfrente se distrajo. El sale a cortar pasto como puede mientras la gente del taller le vigila las cosas. Tiene unos ojos grandes y verdosos. una dentadura que se ausentó sin esperanza y una soledad inmensa. Aquiles es un presente terminante. Poco hay detrás y menos si mira hacia adelante. Tiene 34 años y un trabajo municipal del que se tuvo que ir por un jefe policía exonerado que aplicaba las lógicas de la bonaerense en parques y paseos. Salió de la casita que tenía, se metió en una pocilga desocupada y el dueño lo depositó con sus cuatro posesiones en la calle.

En su esquina no permite fumeríos y se espanta por el tránsito desquiciado. Barre su vereda dos veces por día y junta las hojas de la calle. El otoño tiene esas cosas. Ensucia dorado, como si fuera una estación donde los reyes llegan y se van.

Aquiles no es un rey. Dice su nombre que es un héroe.

Pero es apenas un sobreviviente.

 Edición:  2037 

 

 

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